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Full text of "Los progresos de la sismolojía moderna"

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LOS PROGRESOS 



DE LA 



SISMOLOJlÁ MODERNA 



POR EL 



Conde de ^ontessus de ^allore 

Doctor en ciencias fbictí ir les, Director del servicio sismolójioo 
de la licpúbiica de Chile. 



SANTIAGO DE CHILE 

RANDERA, 50 
1©07 



213533 



• • • « • 



LOS PROGRESOS MAS RECIENTES 
DE LA SISMOLOJIA MODERNA 



(Conferencia leída en el Salón de Honor de la Universidad.) 

Señoras i señores: 

Os ruego que os sirváis admitir mis escusas por mi pobre 
castellano i mi peor pronunciación, sin olvidar que la carre- 
ra militar, en la que he pasado toda mi vida, prepara poco 
para el arte de la palabra. 

Hace cabalmente quince años que un francés, tan modesto 
como sabio, Nogués, cuVas lecciones de sismolojia cuisé en 
el año de 1889 en la Facultad de Ciencias de París, al termi- 
nar una conferencia sobre los temblores espresaba aquí mis- 
mo el deseo que se estableciera seriamente en Chile el estu- 
dio de este fenómeno natural, sin duda el mas temible para 
el hombre i sus construcciones. Es grande honra para mi 
que vuestro gobierno i particularmente su Excelencia el se- 
ñor Presidente de la República de Chile, de acuerdo con el 
señor Rector de la Universidad, bien enterados ambos de la 
importancia i hasta de la necesidad de este estudio, hayan 
pensado llamarme a su hermoso pais, pues que si los tem- 
blores son su principal enemigo, no se puede combatirlo, a 
lo menos tanto como lo es dado al hombre, si no se les cono 



4 



CONDE DE M0NTES8ÜS DE BALLOHE 



.ce bien: así nos lo enseñan los preceptos mas claros del arte 
militar. 

Parecerá talvez bastante estibarte que un sismólogo hable 
de temblores en un pais cuyo suelo está, por decirlo asi, en 
movimiento incesante, porque teniendo cada jeneracion que 
pagarles su tributo de males, se han formado en el pais cier- 
tas tradiciones i creencias, adquiridas mas o menos incon 
cientemente, que él deberá combatir i hasta desarraigar a 
veces completamente' por carecer ellas de base verdadera- 
mente cientiflca en la mayoría de los casos i por ser a menu- 
do meras impresiones mas bien que observaciones. Cada uno 
se fija sólo en lo que ha creído ver o sentir, sin atenderá las 
observaciones ajenas ui a las que se han hecho en todo el 
mundo por medio de aparatos convenientes i que forman la 
base de una ciencia completa, aunque mui joven. Por falta 
de tales instrumentos se forman i difimden en los paises es- 
puestos a los temblores interpretaciones erróneas de los he- 
clios no obstante saberse cuan engafiosos son a menudo los 
sentidos del hombre. 

Bastará citar aquí lo que ha pasado para la pretendida di- 
rección de las sacudidas del sucio. Al temblar la tierra, cada 
uno cree que sin duda ninguna el movimiento le viene de un 
rumbo bien determinado. Sin embargo, los aparatos rejistra- 
dores han mostrado que las partículas terrestres se mueven 
en todo sentido de la maneía mas complicada e inexti'icable. 
Buscando la razón de esta contradicción aparente, se la ha 
encontrado en la influencia de las paredes de las casas i de 
la constitución del suelo sobre los sentidos del observador 
mismo. No pudiendo los sismólogos contentarse con esta ob- 
servación, hubieron de ir mas allá i se ha probado ahora 
que, lejos de producirse en un punto jeométrico, el epicentro, 
como se lo creía antes, los temblores nacen a un mismo tiem. 
po a lo largo de líneas que tienen a veces hasta centenares 
de kilómetros de lonjitud, o sea sobre superficies enormes. 
Así llegan a un punto determinado o a los sentidos del ob 
servador, ondas sucesivas orijinadas en todas las partes do 
estas líneas o superficies, es decir de puntos mui alejados en 



1 



LA SISMOLOJÍA MODEKNA 



tre sí, de tal suerte que no puede existir verdadera dirección 
del movimiento sísmico, sino solamente una impresión fisio- 
lójiea predominante, la que determinada por circunstancias 
accesorias i contínjentes no tiene relación concreta con el 
temblor mismo. Asi es como los aparatos han permitido re- 
chazar un error comunmente aceptado i también han compre - 
bado un dato importíintísimo en lo tocante a la producción 
misma de los temblores. 

J)e esta manera el sismólogo tendrá que llenar el papel 
alfro ingrato de destruir leyendas científícas para reempla- 
zarlas en el espíritu de la jente instruida por el resultado de 
las observaciones obtenidas con los instrumentos, los cuales 
no engañan. 

Lo mismo ha sucedido con la duración de los temblores 
pues se ha probado que son mucho mas breves que lo que se 
cree jeneralmente. Siempre parecen larguísimos los instantes 
durante los cuales se desvanece la estabilidad del suelo, en 
la que el hombre tiene una fe ciega e innata. 

Se comprende muí bien ahora como la sismolojia perma- 
neció tanto tiempo atrasada i empírica, sin adelantarse en 
nada desde la antigüedad clásica hasta unos 25 a :K) aftos 
atrtis, época en que la invención i el uso de los sismógrafos 
abrieron la puerta para espulsar de la ciencia las ideas añe- 
jas de Aristóteles i de los escolásticos, cuyo reino ha preva- 
lorido hasta mediados del siglo XIX. 

Se puede decir que una ciencia es tanto mas adelantada 
cuanto menos vive de hipótesis. Así la verdadera sismolo- 
jia es muí joven, pues que, ha poco tiempo, constaba sólo de 
conjeturas i, desde el Renacimiento, cada vez que se descu- 
bría un fenómeno natural nuevo, sea en meteorolojía, sea en 
jeolojía o jeofísica, se encontraban siempre sabios, de imaji- 
nacion fecunda, que se aprovechaban de ellos para esplicar 
los temblores. Semejantes teoi'ías falsas i engfiñosas eran a 
la verdad muí efímeras i pronto quedaban sepultadas bajo 
el polvo de las bibliotecas. Pero como el Fénix, renacen miíi 
a menudo de sus cenizas i, por ejemplo, se ve hasta hoi dití 
personas serias perder su tienjpo en buscar i hasta afirrha'i^ 



6 



CONDE DE M0NTESSU8 DE BALLOKE 



el influjo aobre los temblores de yo iio sé cuáles conjuncio- 
nes astrales. Estos son recuerdos astrolójicos de la Edad Me- 
dia, que no tienen mas fundamentos que los oróscopos que 
se sacaban al nacer los hijos de los príncipes o de los gran- 
des de la tierra. Los sismólogos hemos tenido la taren de 
mostrar la puerilidad de estas fantasías tan vivaces como 
las creencias de ciertos pueblos bárbaros que atribuyen los 
temblores al aliento de animales jigantescos escondidos on 
los abismos subterráneos o al movimiento (|ue hacen cuando 
se sienten cansados de soportar el gran peso de la corteza 
terrestre. ¡Pero hai muertos que se ha do matar dos vccesl 

A la estadística cupo la tarea de limpiar el terreno de la 
sismolojía moderna de los enores que le estorbaban sus 
progresos i orijinaban una multitud de observaciones incom- 
pletas i superficiales que nadie se tomaba el cuidado de ve- 
riticiir. Para comprobaí* lo útil de su empleo, bastará citíir 
aquí lo que pasa en lo tocante a las grandes olas del mar 
que muchas veces siguen a los teri*emotos, particularmeiue 
on Chile, i son a veces mas tremendas que los sacudimientos 
mismos de la tierra. Reinó largo tiempo i todavía no ha de- 
saparecido la creencia de que el mar empieza siempre iK)r 
retirarse, así es que el grito <^d otar se retiran infunde el te- 
rror mas grande cuando se lo oye en sus orillas en los puv^r- 
tos que acaba de sacudir un temblor. Naturalmente hubo sa- 
bios que sin tomarse ni siquiera el cuidado de verificar el 
hecho i que no desconfiaban de relatos exentos de preten. 
sion científica alguna, edificaron sobre estos hechos injenio- 
sas, pero falsas teorías. Estas se desvaneí'ieron luego, al te- 
ner un sismólogo, indiscreto i mas avisado, la curiosidad de 
contar las relaciones de olas seísmicas según (]ue el mar ha- 
bía empezado por bajar o por subir. Se obtuvieron iguales 
números. Nada, pues, quedaba de estas teorías precipitadas. 
Lo mismo sucedió con el pretendido influjo, tan innegable 
según dicen, de la posición de la luna sobre la producción 
de los temblares i en este caso no había necesidad de llamar- 
a la estadística en ayuda de la verdad, pues bastaba pregun- 
tarse por qué tal posición del astro de la noche no estrerae 



LA SíSMOLOJIA MOUKUNA 



cia toda la tierra de una vez en lugar de producir un tem- 
blor aquí o allá, o mejor dicho en el pais mismo del adicto 
a una opinión (^ue no es nada sino un recuerdo de la anti- 
güedad pagana i cuyo oríjen se pierde en las épocas mas re- 
motas. Aliora se admiía el liombre cuerdo de que se haya 
podido i hasta que se pueda todavía hoi buscar la causa de 
los temblores en los cielos, o en la atmósfera, en una pala- 
bra fuera de la corteza terrestre donde se producen i se sien- 
ten sola i evidentemente. Lo mismo ha ocurrido en lo tocan- 
te a vaíias opiniones semejantes. 

Los sismólogos, si no quei'emos obrar como los anarquis- 
tas, debemos reedificar después de haber destruido las falsas 
ideas de antaño por carecer estas de fundamento, es decir 
qu** debemos establecer la nueva ciencia sobre la observa- 
ción sola, sin hacer ni teorías ni tampoco hipótesis. A la ver- 
dad no tenemos por blanco forzoso el de esplicar los tem- 
bh)res: si sus causas se presentan en nuestro camino ya 
resulten únicamente de los hechos o de líis observaciones, las 
aceptaremos sin duda, pero siempre con cierta desconfianza 
liasta que se comprueben al ensancliarse mas i mas el hori- 
zonte de nuestra ciencia. Las esplicaciones no premeditadas 
son por lo comnn las mejores porque no se forman bajo el 
influjo de ideas preconcebidas. 

Si la verdadera ciencia vive de escepticismo, i esto se apli- 
ca a la sismolojía moderna mas aun que a las demás por 
haberse aventurado tanto al campo de la hipótesis, no por 
esto disminuye en nada la grandeza de los resultados obte- 
nidos últimamente merced a una observación concienzuda i 
paciente de la Naturaleza; lo voi a demostrar a vosotros. 

Las conquistas mas recientes e interesantes de la sis- 
molojía constituyen tros ramas muí diferentes según que 
se trate del oríjen jeolójico de los temblores o que se estudie 
el movimiento sísmicos por si mismo i por medio de apara 
tos especiales, o en fin que se quiera salvar, a lo menos 
cuanto se pueda, las pérdidas debidas a los terremotos. Bos- 
quejaremos nipidamente estos tres puntos de vista que tie- 
nen cada uno su interés particular; el primero nos permitirá 



8 



CONDE DE MONTESSUS DE BALLORE 



íilcíinzar el oríjeii mismo del fenómeno, por miii lejano i mis- 
terioso que nos parezca; el segundo nos dará a conocer un 
ninvimiento altamente complicado i esclarecerá un poco el 
íiutíguo problema de la constitución interna del planeta te- 
n eatre; i en fin el tercero tiene una importancia que nunca 
podría ponderarse en exceso. 

Hm muchos siglos que grandes filósofos de la antigüedad 
clásiL-a, como Séneca i Lucrecio, han sujerido que los tenr 
hlores tienen alguna relación con la formación de las mon- 
ttiiias i se mezclaba esta idea con otras opiniones mas o mé- 
üos ridiculas i, en todo caso, fundadas sobre vanas hipótesis. 
Mas tnrde se olvidó completamente este punto de vista, hasta 
(lue varios jeólogos del siglo XIX han encaminado sus inves- 
ligaciones en este sent'do, quedando sus esfuerzos aislados i 
sin éxito niiéntras no se hubo completado la esploracion do 
hi tierra i adquirido noticias bastantes sobre la jeolojia de 
toda su superficie, es decir solamente a fines de dicho sinlo. 
Si parecía probable que tuviese el fenómeno sísmico causas 
jeoh'>jicas porque se produce dentro de la misma corteza te- 
rrestrcj sin embargo no era mas que una suposición porque 
no se sabia exactamente cómo se relacionaban entre si ám- 
lias ciencias, aunque se observaba que los temblores son un 
atributo de las cadenas de montanas mas importantes, i por 
rtjnsiguiente, mas recientemente erijidas en la supcM'ficie del 
^^lobo. 

Kra, pues, necesario averiguar el hecho, i hé aquí cómo se 
procedió en su estudio. Se estableció un catálogo sísmico 
que abrasaba toda la tierra i tan completo como se pudo, al 
mismo tiempo que se distinguían tres clases de rejiones se- 
gún \a frecuencia i la fuerza de sus temblores, llamándolas 
sísmicas, penesísmicas i asísmicas. Chile es sísmico por- 
que sus temblores son muí frecuentes i a voces desoladores, 
mientras que siendo estos fenómenos raros i lumca peligro- 
sos en el este de la República Arjentina, se trata aquí de un 
]»ais penesísmico. Al contrario la inmensa cuenca del rio 
Amazonas es asísmica por desconocerse allí los temblores. 
Esta clasificación, aplicada a toda la tierra, ha bastado para 



I.A sjsmolojía modekxa 9 

conducir «a datos interesantísimos que se apoyan solamente 
en el cómputo de los temblores. 

Se ha reconocido, en efecto, por medio de simples lecturns 
de los mapas, que las rejiones sísmicas, muí lejos de repar- 
tirse al acaso sobre la superficie terrestre, fif,^uran al contra- 
igo dos estrechas zonas circulares al rededor del g^lobo: la 
primera n;ice en las Antillas, atraviesa el Atlántico, se estíen- 
de a lo largo de la depresión mediterránea, pasa por laMeso- 
potamia i las vastas llanuras del Indo i del Ganges, i, abra- 
zando las grandes islas de Sumatra, .Java,Molucas i NuevaGui- 
nea,va;a parar en el medio del Pacífico en las islas Salomo, Ton- 
ina i Samoa; la segunda comienza por la Nueva Zelandia, corta 
la primera en el archipiélago de las Molucas, i abrazando las 
(lemas islas astáticas, es decir las Filipinas, el .lapon i las 
Kurilas, atraviesa la península del Kamtchatka i el estrecho 
de Behring para seguir hasta Chile toda la costa occidental 
de ambas Américas. En una palabra, la primera atraviesa 
los continentes, mientras que la otra da la vuelta al rededor 
del Pacífico; la primera dibuja una línea de depresiones, mien- 
tras que, al contrario, lasegimda sigue el pié de un antemu- 
ral jigantesco. Ahora bien, ^;qué nos dice la historia jeolójica 
acerca de las comai'cas esparcidas sobre estas dos zonas que 
contienen todas o casi todas las rejiones sísmicas? Estas tie- 
rras i estos archipiélagos son mucho mas recientes (jue los 
demás países donde no hai (juc temer a los temblores i tie- 
nen su actual configuración desde un tiempo jeolójico muí 
corto, apenas desde la época teiciaria, la que ha pi'ecedido 
inmediatamente a la aparición del hombre sobre la tierra. 
Así, los temblores mu frecuentes i pefigrosos sófo en paise^< re- 
cien formados i emerjidos desde poco tiempo del seno de los 
océaTios, 

Una vez obtenido este resultado, ya muí importante por sí 
mismo, se ha querido ir mas lejos i apurar mas el problema. 
Cuando hablamos de tales rejiones recientes, se entiende que 
antes de la época terciaria estaban todavía imerjídas o te- 
nian un relieve mucho menor que el de ahora, pero no se 
trata de la edad verdadera de sus rocas o estratas constitu- 



12 CONDE DE M0NTE8SUS DE IÍALI.ORE 



110 vuelve tampoco a restablecerse en el acto sino laigo 
tiempo después, lo que espUca las numerosas sacudidas que 
siíJ^uen a las catástrofes. Este estado do inestabilidad anor- 
mal dura meses i hasta años, peio en fin i poco a poco las 
sacudidas se tornan mas i mas raras i débiles. Mas tarde 
aun los esfuerzos tectónicos vuelven de su parte a renovar- 
se i se apareja un nuevo paroxismo cuya época precisa no 
le es dado al hombre predecir, a lo menos científicamente en 
oi estado actual de la sismolojia a pesar de las tentativas 
hechas en este sentido; todas han resultado falsas i vanas 
aunque se haya querido citai* algunos casos de felices coin- 
cidencias. La tarea de profetizar queda para siempre iluso- 
lia en lo tocante a terremotos i temblores. 

Nuevo Tántalo el sismólogo no se dá por satisfecho con 
esto, sino que se empeña en saber por qué las cadenas de las 
montañas resultan de dislocaciones jeolójicas i también por 
qué la corteza terrestre misma se deforma. Ahora bien ;,cuál 
es estonces el fenómeno estratigráfico que predomina en es- 
tas cadenas? No hai duda, es el plegaraionto de las capas; 
después de haber sido depositadas horizontahnente en el fon- 
do de los mares, o de los lagos, ellas han tomado mas tarde 
todas las posiciones posibles i se han destrozado, o plegado 
de las maneras mas complicadas. Si atendemos sólo a los 
pliegues, no se puede concebir cómo una corteza esférica se 
plegará sobre sí misma sin que se contraiga su núcleo, lo 
que supone forzosamente el enfriamiento de este último, o 
lo menos no conocemos otro fenómeno natural capaz d<4 
efecto aludido. Hablando de esta manera, no salimos del do- 
minio de la mas pura observación. Por lento (jue sea aíjuel 
enfriamiento, se comprende muí bien ahora como la corteza 
terrestre, aunque rijida, se hace gradualmento ropa dema- 
siado amplia para el núcleo i no pudiendo perderse su con- 
tacto mutuo por causa del peso de ella, sucede que la corte- 
za tiene que plagarse como un tejido delicado a pesar de su 
aparente rijidez. No hai hipótesis en afirmar que el núcleo 
se enfria. ;,Quién ignora en efecto cómo el calor aumenta a 
medida que se desciende en minas mas i mas profundas? Fi- 



LA SISMOLOJÍA MODERNA 13 



nalmente el enfriamiento secular del interior de la tierra 
aparece ahora como la verdadera cansa de los temblores, pe- 
ro la sismolojia no tiene que esplicar el oríjen mismo de es- 
te calor interno, cuestión que pertenece al dominio de la 
cosmogonía, talvez la bien mas vana de todas las ciencias on 
todo caso una de las menos accesibles al hombre por falta de 
observaciones directas. 

Volviendo a la superficie terrestre no parecerá sin in- 
terés citar algunas verificaciones en pro de lo que se acaba 
de esponer a grandes rasgos i por esto se considerarán en 
Europa tres cadenas de montartas en el orden mismo de 5^11 
erección jeolójica: los Pirineos, los Alpes i los Apeninos. La 
primera ha perdido ya mucho de su antiguo relieve !)aio las 
acciones destructivas del agua i del aire, las c^ue se han lle- 
vado, molécula a molécula, gran parte de sus estratas. Al 
contrario, apenas si la cadena mas reciente de los Alpes os- 
tá atacada, i su relieve, mucho mayor que el de los Pirineos 
ha sido poco disminuido todavía. Los Apeninos han surjido 
después de los Alpes i si se tiene en cuenta su verdadera al- 
tura encima del fondo del mar Tirreno, se ve (jue su relieve 
absoluto es mayor aun. Los temblores son bastante frecuen- 
tes a lo largo de los Pirineos, pero nunca verdaderamente 
temibles; mas comunes al pié de los Alpes, las sacudidas no 
dejan de ser allí peligrosas i graves de vez en cuando, mien- 
tras que son diarias i a menudo destructoras en las cerca- 
nías de los Apeninos. No se podía espeiar una confirmación 
mas clara a lo dicho antes i semejantes h(»chos se repiten 
en el mismo sentido en todas partes del mundo. 

Aventurémonos ahora a sondear el pasado mas remoto de 
la historia jeolójica de nuestro planeta. Se encuentran en 
varios países reliquias de antiguas cadenas do montañas 
que en la época de su esplendor, es decir en la era prima- 
ria, igualaban sin duda a los Andes o al Himalaya, pero que 
el tiempo ha reducido al estado de humildes sierras con for- 
mas i contornos mui suavizados; tales son por ejemplo las 
que los jeólogos llaman caledonianas i cuyos vestijios se ve^ 
en las islas FiOfoten de la Noruega, on las Hébridas i en el 



14 CONDK DE MONTE8SUS DE HALLOKE 



Canadá. Aquí los esfuerzos tectónicos se han acotado, en una 
palabra, han muerto i los temblores son casi desconocidos 
en sus cercanías. Si, al contrario, echamos la vista sobre ca- 
denas menos antiguas, como las hercinianas, las que se le- 
vantaban soberbias cuando la hulla se depositaba a sus pies, 
el ITral, la Bohemia, los Apalaches, pero que el tiempo no 
ha podido destrozar gravemente todavía, encontraremos en 
sus alrededores rejiones pencsísmicas donde los temblores, 
mas frecuentes, sin embargo no orijinan nunca estragos serios. 

Si desde la remota aurora de los tiempos jeolójicos un 
sismólogo hubiera presenciado los fenómenos que se han 
desarj'oUado sobre la faz de la tierra a los ojos de los estra 
ños biutos cuyos restos fósiles nos espantan en los museos, 
él habría visto surjir al principio las cadenas caledonianas 
mientras que terremotos recios sacudían sus vertientes. A su 
vista las aguas del (iielo i los vientos bajaron poco a poco 
sus orgullosas (*iispirles i el su(»lo se sosegó gradualmente. 
Mas tarde aun él habría visto surjir en otras comarcas las 
cadenas hercinianas de la era carbonífera, estremeciéndose 
sus contornos por los mas espantosos terremotos, l^os ajen- 
te^ naturales de destrucción las han decapitado i envejecido 
a su vez i los sacudimientos de la tierra, cambiando una vez 
mas de teatro, tuvieron que trasportarse al pié de cadenas 
mas recientes, las que habrá visto sin-jir nuestro sismólogo 
en los tiempos terciarios i en las vertientes en que los terre- 
motos ocasionan ahora los mas lastimosos estragos de que 
son víctimas nuestras ciudades. ¿Quién habría pensado, ha- 
ce pocos años, que la sismolojía hubiera podido ofrecernos 
luces um sublimes sobre el pasado del planeta i que no tie- 
nen nada de fantasía, bíisadas como están sólo en la obser- 
va.4non? 

liajanuo de estas alturas, tenemos a la vista otras conse- 
cuencias no menos interesantes que nos presenta la jeografía 
sísmica, tal como se la conoce ahora. Desde siglos atrás, los 
volcanes i los temblores han sido mirados como fenómenos 
inseparables, como lo prueban tantcis obras de vulgarización 
impresas con el título de Volcanes i terremotos i escritas en 



LA SISMOLOJIA MODERNA 



lf> 



todos los iclioíntis del mundo. Aunque e! contradeí^ii'íi la opi- 
nión pública sea mi papel ingríitmínio, preguntaremos íudij^- 
cretíimento qué volcan ha estallado el arlo pasado tm líis 
cercanías de Valparaíso, o i\m' otro 9,v lia manifestado en 
ralífornia o en Colombia a! tiempo de los t<*rremotos de San 
Fi-aucisco i San Hiienaventura. Tampoco no olvidaremos que 
cuando, en I9í}2j el Mont Pelé borró St. Fierre de la MarHni 
ca de la lista de las ciudades, uo se sintió ningún temblor, 
ni e! menor temblorcito. Se puede fácilmente leer en l<i3 ma- 
pas que si la i-eparticion de ios volcanes activos i apaí;"ados i 
ia de las rejioncs sísmicas en la superficie del glotíc^ se asp- 
niejan bastante en sns rasí^os piin cipa les, sin end>argo en el 
pormenor ha i dlserepancias tales (|ue desaparece en realidad 
toda relación, o dependencia, po!' poco estreclia que sea, en- 
tre ambos fenómenos. En Chile los puntos mas espuestos a 
ios tei'reraotos no se eneuenti'an nunca frente a los vcdcanes 
activos ni í'crca de eüos. Siendo siempre las ^ oz pública muí 
lenta en seguir los progresos de la ciencia, estamos bien se- 
guros de que este error durará mucho tiempo aun a petardo 
la evidencia de los hechos que se verifican igualmente en 
todo el mnndo. 

Nos falta el tiempo para desarrollar mas detalladamente 
las relaciones estr-eclias que se manifiestan a cada paso entre 
la jeolojia i la sismolojía; nos limitaremos a decir que aho- 
ra se sabe reconocer en las eapaf^ torrestreB mas antiguas 
los vestijios de los terremotos que las han sacuilidt» en lo^i 
tiempos jeolójicos maí^ remotos muclio antes que hulnera 
hombres para sentirlos; i esto tan fácilmente como sv hallan 
los raudales de lava de los volcanes antiguos, aunque 8us 
conos hayan desaparecido completamente bajo la acción del 
tiempo. 

Mientras que sismólogos se liacian jeólogos pai-a akMnzar 
la causa misma de los temblores, otros se lanzaban en otra 
via tan fecunda como aquella, la de la esperimentacioii di- 
recta por medio de aparatos especiales, loe sismógrafos. 
Tuvieron éstos que resolver un problema mui difícil de me. 
canica: conseguir que una cierta masa se mantenga firme 



16 CONDE DE MONTEiSSlJS DE BALLORE 

durante un terremoto, cuando todo tiembla i se mueve mas 
o menos reciamente en derredor de ella. Logrado esto, se 
comprende mui bien que se pueda entonces determinar las 
posiciones sucesivas de un punto de la corteza terrestre rela- 
tivamente a la masa fija, pero no os este el lugar de espliear 
cómo se ha conseguido este resultado. Kastará decir que se 
aprovecharon jeneralmente péndulos cuyo movimiento pro- 
pio se detiene por artificios injeniosos hiego que el temblor 
empieza a mecerlos. Tal es el principio de los sismógrafos 
que rejistivín el movimiento i'cal de una partícula terrestre 
sacudida por un temblor o terremoto. Se puede decir que ella 
es4TÍbe por si misma su movimiento sobre el aparato. 

Asi se obtienen curvas mui complicadas, llamadas sismo- 
gramas, que el sismólogo fisico estudia holgadamente en el 
silencio de su gabinete sin acordarse siquiera que se trata de 
un fenómeno que acaba do destrozar ciudades i de hacer mi- 
llares de victimas humanas. Los sismógrafos sirven para 
auscultar, por decirlo así, las capas terrestres en lo mas pro- 
fundo de sus abismos insondables i llenan para ellos el mis- 
mo pap^l que los telescopios para los abismos siderales. 

El estXidio de los sismogramas ha suministrado sobre el 
movimiento sísmico datos interesantísimos, pero cuya impor- 
tancia no alcanza a la de las observaciones sobre el terreno, 
pues que en el primer caso no se mira directamente la causa 
misma de los temblores sino un efecto secundario de ellos, 
las oscilaciones i las vibraciones de las partículas terrestres. 
Como ademas se han de utilizar las teorías matemáticas 
mas elevadas, he aquí un )'amo de la sismolojía que podre- 
mos pasar en silencio de la misma manera que los mejores 
músicos ignoran jeneralmente las propiedades del movi- 
miento vibratorio de las cuerdas de los pianos i de les vio- 
lines. Nos limitaremos a hablar aólo de dos descubrimientos 
mui curiosos de la sismolojía física. 

Las vibraciones sísmicas se estienden a toda la masa te- 
rrestre de tal suerte que las de un temblor, en cualquier 
punto de la tierra que se produzca, vienen a inscribirse so- 
bre los sismógrafos de todo el mundo, sin que se le borre 



LA SISMOLOJÍA MODEKNA 17 

ninguno de los caracteres propios a dicho fenómeno. Por 
consiguiente se puede estudiar un temblor chileno en Paris 
o en Pekín, mejor talvez que aquí mismo porque, con la dis- 
tancia, los elementos del movimiento vibratorio se sepa- 
ran mas distintamente, con lo que se facilita la lectura del 
sismograma. 

Hai mas, los sismogramas dan a conocer la distancia .en 
que se ha producido el temblor i no necesitando la vibración 
sísmica de trasmisiones múltiples i sucesivas como los tele- 
gramas, se puede a veces anunciar que un gran terremoto 
acaba de arruinar tal o cual país varias horas antes quo 
llegue la noticia telegráfica del desastre. Asi tuvimos noti- 
cia en Europa de los terremotos de Chile i de California de! 
año 1906, pero sin conocer exactamente la magnitnd de los 
desastres», ni tampoco exactamente qué ciudades habían si- 
do mas o menos dañadas. Al contrario, a pesar de su violen- 
cia, la horrorosa erupción del Mont-Pelé no dio lugar a nin- 
gún sismograma! i esto viene en apoyo de la independencia 
de los fenómenos volcánicos i sísmicos. 

Los sismogramas reemplazan con ventaja a los sentidos 
del hombre para la observación de los temblores de los cua- 
les ninguno puede escapar a la vijílancia de estos delicados 
aparatos. Es por consiguiente preciso establecer unn red de 
estaciones sísmicas en un país como Chile para conocer de- 
talladamente sus puntos mas espuestos a los tembloi'es, en 
una palabra para dar a su jeografía sísmica base verdade- 
ramente científica. Parece íniitil insistir mas sobre un pun- 
to cuya necesidad se impone por si misma. ¿Quién ahora se 
atrevería a pensar que tal institución es un mero lujo para 
Chile? 

De la misma manera que las olas del mar movidas por los 
vientos, se modifican según la forma de las costas es como 
las cuerdas de un violin dan notas diferentes según el punto 
en que se las toca, así las ondas sísmicas reciben la impre- 
sión del medio en que han caminado, es decir, la masa en- 
tera de la tierra, de tal suerte que el sismólogo físico sabe 
distinguir en los sismogramas cuáles ondas se han movido 



18 CONDE ÜE MONTE88Utí DE BALLORE 



a lo largo de las estratas esteriores de la corteza terrestre i 
cuáles han llegado a su estación después de haber atrave- 
sado el globo hasta su centro. Estas ondas diversas corres- 
ponden a partes distintas de los sismogramas, partes que no 
tienen la misma forma; difieren también en lo tocante a sus 
velocidades, sus periodos i sus amplitudes. Hai mas, cada una 
reüeja las propiedades físicas de las materias al través de 
las cuales ha viajado, densidad, elasticidad, rijidez, estado 
molecular, etc. Se puede fácilmente medir el tiempo que es- 
tas ondas han empleado para llegar a la estación, es decir, 
su velocidad porque depende de estos elementos según fór- 
mulas matemáticas conocidas; i a la fnversa se pueden de- 
ducir los valores de estos elementos por medio de la obser- 
vación de las velocidades. De esta manera las ondas sísmicas 
nos llevan noticias del mundo subterráneo que nos era del 
todo inaccesible antes que la sismolojia hubiera permitido 
penetrarlo. 

Espongamos ahora brevemente lo (jue ha pasado con el 
estudio de los sismogramas. 

Las velocidades medidas son del todo incompatibles con un 
estado fluido del núcleo terrestre i es necesario que las on- 
das sísmicas hayan caminado en mateiúales cuyos elementos 
mas característicos la elasticidad, la i'ijidcz, sean muchas 
veces mas grandes que los de todos los cuerpos sólidos co- 
nocidos, hasta los mas duros. Tenemos por consiguiente que 
iinajinar que bajo la acción de la temperatura i de la presión 
considerables que reinan en el interior de la tierra, la mate- 
ria presenta un estado hipersólido tal que no podemos obte- 
ner lo mismo en nuestros laboratorios. No hai pues que ha- 
blar ahora de la fluidez del núcleo terrestre i esta antigua 
hipótesis debe borrarse definitivamente de la ciencia, lo que 
pone de acuerdo a los astrónomos después de una larga dis- 
cusión sobre este problema.. Tal es el resultado mas brillante 
que se debe a la sismolojia moderna, pero que no ha salido 
hasta la fecha de los circuios sisniolójicos por haber sido 
obtenido sólo mui recientemente. 



I.A 8J8M0L0JÍA MOÜEKNA VJ 

Pocos años ha que ningún sismólogo se hubiera imajina- 
do que un dia ios sismógrafos llenarían para el interior de 
la tierra, el mismo papel que el espectroaeopio por medio del 
cual los astrónomos llegan a conocer la constitución de los 
astros mas alejados de la tierra. Ambos descubrimientos se 
igualan. . 

La tarea de la sismolojía no se limita a ensanchar nues- 
tros conocimientos sobre los movimientos de la corteza te- 
n-estre i sobre el estado interior do la tierra, porque esta 
ciencia tiene un objeto mas al alcance del público i sobre todo 
iUH^ humanitario. Es su mas estricto deber dar los medios 
adecuados para poner al abrigo de los terremotos las cons: 
trncciones del hombre. En este problema tan importante no 
se empleará otro método que el empleado en los demás ra- 
mos de la sismolojía, la pura observación de los hechos. En 
efecto, fMiontece muchas veces que en una misma ciudad de- 
rribada por un terremoto se ven edificios indemnes de todo 
daño i mui cercanos a otros arruinados. Buscando la causa 
de hechor tan estraños a primera vista, se la halla en las di- 
ferencias, sea de constitución del terre^^o sobre el cual están 
edificados, los unos i los otros, sea en los modos mismos de 
construcción. Desde algunos años se ha emprendido este es- 
tudio mui complejo i ahora los sismólogos sabemos nuii bien 
cuáles terrenos son peligrosos i cuáles métodos de construc- 
ción deben evit^irse a toda costa. Pn una palabra, se ha po- 
dido establecer las bases de un «4r¿e de construir en los paí- 
ses espuestos a los temblores de tierra». 

En* varios paises existen ahora reglamentos especiales de 
edilidad que deberían tener fuerza de lei, pero que, sin em- 
bargo, de su interés jeneral i cíipital, han caido en desuso 
tan pronto como se ha olvidado el desastre, después del cual 
se establecieron. En muchas naciones la rutina i la incuria 
conservan siempre su dominio, tan dañoso. Así se puede de- 
cir que las desgracias personales i las pérdidas materiales 
resultan en parte déla culpa del hombre, pues, podemos afir- 
mar que, al seguir fielmente estas reglas, se ahorrarían al 
menos las dos terceras partes i talvez las tres cuartas pai 



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20 CONDE DE MONTE8SUS DE BALLORE 



tes de los estragos causados por terremotos. Esto costaría 
poco, pues, con sólo construir bien la seguridad aumenta- 
ría muchísimo; seria casi completa, si ademas, se observaran 
unas pocas reglas especíales. Estas promesas halagüeñas los 
sismólogos las podemos hacer con toda confianza, pero con 
una sola restricción que no debe olvidarse nunca, la de no 
edificar a lo largo de laa fallas ftisínicas, o en sus cercanías^ 
donde se desvanece el valor de nuestros consejos prácticos, pues 
no será nunca dado al hombre resistir a los e>sfuerzos tectó- 
nicos capaces de abrir la tierra en centenares de kilómetros 
i de desnivelar sus estratas en decenas de metros. Sería una 
locura pensarlo i una mentira decirlo. 

Señoras i señores: 

Al venir a este hermoso país, permitidme espresaros dos 
deseos tan sinceros como vivos: el de ver a Chile poseer 
dentro de pocos años un servicio sisraolójico al igual de las 
demás naciones mas adelantadas en este punto de vista ¡ el 
de hacer de cada chileno culto un aficionado a la sismolojía, 
cada uno en su esfera propia i según sus medios. 

Siendo los terremotos vuestro mortal enemigo, para com- 
batirlo eficazmente se debe a toda costa conocerlos bien. I 
después de haber dedicado tantos años de mi vida a esta in- 
teresante ciencia, si alcanzo estas dos miras, me tendré por 
bien recompensado de mi trabajo que os prometo sin res- 
tricción. 

Conde Fernando de Montbssus de Ballore. 
Santiago, 14 de Noviembre de 1907. 



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